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13 oct. 2014

REFLEXIÓN SOBRE LA ALEGRÍA.

Glafira Jimenez Paris. Hijas de la Virgen para la Formación Cristiana, en Perú


"... la realidad desafía nuestra reflexión y nuestra práctica. Hoy seguimos preguntándonos: “Maestro, dónde vives” y seguimos escuchando la respuesta de Jesús: “Vengan y lo verán” (Jn  1, 38)."

En la Iglesia del Perú, los gestos y palabras  del Obispo de Roma, Francisco I, han refrescado el ambiente eclesial. Vivimos este momento como un tiempo oportuno, un kairós. Es un tiempo oportuno porque un proyecto: el plan de acción eclesial, esta “nueva etapa evangelizadora” propuesta por Francisco, un deseo: “cómo quisiera una Iglesia pobre y para los pobres” y un acontecimiento: las respuestas de tantos cristianos, y no cristianos, que reconocen que “algo nuevo está naciendo” no ofrecen nuevas posibilidades para nuestro compromiso concreto en el tiempo presente.

Sin embargo, reconocer un tiempo oportuno no es algo automático: exige atención despierta, vigilante, exige salir de nuestra pasividad para convertirnos en protagonistas, y no solo espectadores. Insistentemente, Francisco nos pide colaborar con él en el proyecto de acción eclesial desarrollado en la Exhortación Evangelii Gaudium (EG).  

Para los cristianos y cristianas de América Latina y el Caribe, éste es un tiempo oportuno que se ha ido gestando en la reflexión y práctica de los cristianos y cristianas en las últimas décadas, sobre todo en la recepción del Concilio Vaticano II y en las ya V Conferencias Episcopales del continente latinoamericano. Una tarea en la que el actual Papa ha sido protagonista destacado. Basta señalar las numerosas citas del documento de la V Conferencia del Episcopado Latinoamericano en Aparecida (DA 2007), en la que Francisco dirigió la comisión de redacción  final. 


Desde este lado del mundo, acogemos las palabras y gestos de Francisco como Pastor, pero también como las de un hermano y compañero en el caminar de la Iglesia Latinoamericana. Y, al mismo tiempo, nos sentimos desafiados y desafiadas a renovar compromisos, reflexiones y prácticas para “esta nueva etapa evangelizadora”.

Para responder a este desafío, desde el espacio en  el que comparto la fe y animo a la reflexión, el Instituto Bartolomé de las Casas, hemos organizado diferentes actividades que nos han ayudado a profundizar en la exhortación de Francisco a partir de tres preguntas: ¿cómo seguir a Jesús, hoy?, ¿qué Iglesia para este tiempo oportuno? y ¿cómo anunciar la Buena Noticia, hoy?  

Les comparto una pequeña reflexión que hemos utilizado en algunos de nuestros espacios de reflexión,  tomando como guía el número 1 de la Exhortación. Espero que la lectura del documento desde este lado del mundo pueda ser de utilidad en otros contextos. Ciertamente, nuestros desafíos son distintos pero las preguntas de fondo siguen siendo las mismas. Hoy, también la realidad desafía nuestra reflexión y nuestra práctica. Hoy seguimos preguntándonos: “Maestro, dónde vives” y seguimos escuchando la respuesta de Jesús: “Vengan y lo verán” (Jn  1, 38).

I. “La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús” (EG 1a)

1. La alegría del evangelio: un don

“El Reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo que, al encontrarlo un hombre, por la alegría que le da, va, vende todo lo que tiene y compra el campo aquel” (Mt 13, 44).

La primera parte del número 1 de la exhortación nos da “el tono” de la reflexión sobre nuestra identidad y misión como seguidores y seguidoras de Jesús: la alegría. Una alegría concreta: la alegría del evangelio. Una alegría que se nos regala, que Alguien pone en nuestro camino para que buscándola, la encontremos. “La iniciativa es de Dios. Esta convicción nos permite conservar la alegría en medio de una tarea tan exigente y desafiante que toma nuestra vida por entero” (EG 12). La condición es “buscar” y “venderlo todo”.  
2. La alegría del evangelio: un don para compartir.

“Lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y han palpado nuestras manos, es lo que les anunciamos: la Palabra de Vida... para que compartan nuestra vida y nuestro gozo sea completo” (1 Juan 1, 1-4).

Si la primera característica de la alegría del evangelio es su ser don, la segunda, y consecuencia de la primera, es agradecer compartiéndola. Ciertamente, solo se puede ser portador-a de la alegría si antes se ha experimentado (Cf  EG 266). “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (EG 7. Cf. DA 12).

Para Jesús, el sentido de la vida fue el Reino. ¿Es Jesús y el Reino el sentido y horizonte de mi  vida?. Nuestra respuesta teórica puede ser rápida y sincera pero Francisco nos invita a contestar también con la práctica. Nos preguntamos ¿cómo este “si teórico” se hace carne en nuestros gestos y palabras, en la vida cotidiana ?.Si continuamos leyendo la segunda parte del este número 1, Francisco nos da algunas pistas. Recupero algunos de los textos de la exhortación que podemos leer y comentar en nuestros grupos y comunidades.

II. “Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría” (EG 1b).

1. Dejarse liberar del aislamiento

Una de las primeras consecuencias de un verdadero encuentro con Jesús liberador, feliz amistad la llamará Francisco, es que “somos rescatados de nuestra conciencia aislada y de la auto-referencialidad” (EG 8). “Por eso, quien quiera vivir con dignidad y plenitud de acuerdo al don recibido, no tiene otro camino, más que reconocer al otro y buscar su bien” (EG 9).

Esta amistad nos “marca a fuego” y como El, hacemos nuestra la misión de “iluminar, bendecir, vivificar, levantar, sanar, liberar”.  Una tarea que toma la vida entera, en todas sus dimensiones, porque “si uno separa la tarea por una parte y la propia privacidad por otra, todo se vuelve gris y estará permanentemente buscando reconocimientos o defendiendo sus propias necesidades” (Cf. EG 273).

2. Dejarse liberar de justificaciones egoístas

“Algunas personas no se entregan a la misión, pues creen que nada puede cambiar y entonces para ellos es inútil esforzarse. Tal actitud es precisamente una excusa maligna para quedarse encerrados en la comodidad, la flojera, la tristeza insatisfecha, el vacío egoísta…” (EG 275).

3. Dejar la seguridad de la otra orilla
Por si todavía tenemos alguna duda, Francisco nos da otra pista: “La vida se acrecienta dándola y se debilita en el aislamiento y la comodidad. De hecho, los que más disfrutan de la vida son los que dejan la seguridad de la orilla y se apasionan en la misión de comunicar vida a los demás… (cf. DA 360)
Por consiguiente, un evangelizador no debería tener permanentemente cara de funeral. Recobremos y acrecentemos el fervor, «la dulce y confortadora alegría de evangelizar, incluso cuando hay que sembrar entre lágrimas […] Y ojalá el mundo actual –que busca a veces con angustia, a veces con esperanza– pueda así recibir la Buena Nueva, no a través de evangelizadores tristes y desalentados, impacientes o ansiosos, sino a través de ministros del Evangelio, cuya vida irradia el fervor de quienes han recibido, ante todo en sí mismos, la alegría de Cristo” (EG 10).
4. Recuperar la frescura original del Evangelio
Conscientes de nuestras incoherencias y limitaciones, confiamos en que Jesús “siempre puede, con su novedad, renovar nuestra vida y nuestra comunidad y, aunque atraviese épocas oscuras y debilidades eclesiales, la propuesta cristiana nunca envejece. Cada vez que intentamos volver a la fuente y recuperar la frescura original del Evangelio, brotan nuevos caminos, métodos creativos, otras formas de expresión, signos más elocuentes, palabras cargadas de renovado significado para el mundo actual” (EG 11)
III. “En esta Exhortación quiero dirigirme a los fieles cristianos para invitarlos a una nueva etapa evangelizadora marcada por esta alegría, e indicar caminos para la marcha de la Iglesia en los próximos años” (EG 1c).

En la tercera y última parte de este primer número de la exhortación, Francisco desenmascara una posible tentación: reducir nuestra respuesta a una dimensión puramente personal e intimista, sin ninguna repercusión en la sociedad ni en la transformación de aquellas estructuras que provocan tanta muerte  y sufrimiento. Estamos en una nueva etapa evangelizadora. Francisco rescata algunas de las condiciones necesarias para emprenderla:

1. Coherencia personal

Para participar en esta nueva etapa evangelizadora, ser y construir Iglesia que responda a los actuales desafíos, el punto de partida es sencillo y está al alcance de todos: coherencia personal. Porque "La Iglesia no crece por proselitismo. Crece por atracción. Y eso que atrae es el testimonio.           Que la gente vea en sus vidas el Evangelio, pueda leer el Evangelio” (Congreso Catequesis, setiembre 2013).

2. Seguir los pasos de Jesús, es decir, “su forma de tratar a los pobres, sus gestos, su coherencia, su generosidad cotidiana y sencilla, y finalmente su entrega total” (EG 265)

“Donde hay verdadera vida en Cristo, hay apertura hacia el otro… Sigamos a Jesús, imitémoslo en su movimiento de amor, en su ir al encuentro del hombre; y salgamos, abramos las puertas, tengamos la audacia de trazar nuevas vías para el anuncio del Evangelio”. (Congreso Catequesis, septiembre  2013)

3. Opción preferencial por los pobres: tocar el sufrimiento humano
Francisco nos ofrece una sencilla oración: “Nos hace falta clamar cada día, pedir su gracia para que nos abra el corazón frío y sacuda nuestra vida tibia y superficial” (EG 264). Porque, “a  veces sentimos la tentación de ser cristianos manteniendo una prudente distancia de las llagas del Señor. Pero Jesús quiere que toquemos la carne sufriente de los demás. Espera que renunciemos a buscar esos cobertizos personales o comunitarios que nos permiten mantenernos a distancia del nudo de la tormenta humana” (EG 270)
A modo de conclusión
Los gestos y palabras de Francisco son una  llamada – otra – a dejarnos convertir por Jesús, como los primeros discípulos y discípulas. La respuesta está de nuestro lado y, desde nuestros diferentes contextos y desafíos, como los primeros discípulos, ojalá de nosotros y nosotras también puedan decir: “Fueron, vieron donde vivía y se quedaron con El” (Jn 1, 39).
No podría terminar este compartir si  dar las gracias a quienes, con su vida, han sido y son  portadores de la alegría del evangelio en los distintos continentes. Gracias también a la Delegación de Misiones por visibilizar esta corriente evangélica que se ha gestado en la Diócesis de Ciudad Real, nuestra casa, donde dimos nuestros primeros pasos “tras Jesús”.

Un cariñoso saludo desde el Perú, con mi oración. Glafira