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3 jun. 2014

15 DE JUNIO, DÍA DEL MISIONERO DIOCESANO.

Damián Díaz
Delegado de Misiones      
Son muchas las personas que, sobre todo de niños o de jóvenes, han soñado con ser misioneros. Seguramente que lo les atraía era el aspecto aventurero o heroico de este empeño. Que poco o nada sabían del compromiso con la tarea evangelizadora de la Iglesia que adquirimos todos los cristianos desde el momento de nuestro bautismo, por pasar a formar parte de una Iglesia que es misionera por naturaleza, por convertirnos en miembros de Cristo Sacerdote, Profeta y Rey, y porque la participación en la Misión universal es indicador de la vitalidad de nuestra fe.
Luego la vida nos va encaminando a cada uno según la propia vocación, o las circunstancias nos condicionan. Y quizá olvidamos aquellos sueños de juventud. Otros consiguen realizar el sueño aunque no sea más que en un corto compromiso o experiencia misionera de verano.

Pero, en cambio, muchos van comprendiendo o ahondando en esa exigencia misionera de la propia fe. Y buscan cooperar de diversas maneras en la Misión ad gentes. Y entienden también que quienes han recibido una vocación particular, y se han puesto a disposición de la Iglesia para realizar el mandato del Señor de ir por todo el mundo, necesitan el apoyo constante de nuestra oración, nuestra cercanía y nuestros recursos materiales. Y se dan cuenta de que los misioneros, de manera particular aquellos que han recibido la fe entre nosotros, y han sido enviados desde nuestras comunidades parroquiales, son la expresión más genuina de la misionareidad de nuestra Iglesia diocesana.

Y, por eso, aunque no pongamos nunca un pie en África, o América, o Asia, nos sentimos misioneros con ellos, y sabemos que con ellos también hemos sido enviados nosotros. Les conocemos, les queremos, y secundamos sus tareas, para no defraudar al que a todos nos llama y nos envía, y para que la Iglesia, también nuestra Iglesia Diocesana, pueda realizar su identidad, que es misionera por naturaleza.