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14 jun. 2012

29 ANIVERSARIO DEL MARTIRIO DE VICENTE HONDARZA


Vicente vivió con radicalidad el seguimiento a Jesús, y su fidelidad de discípulo le supuso ofrecer su vida por El, por la Iglesia y por su pueblo, los pobres del Perú, concretamente la parroquia de Chancay, con el derramamiento de su propia sangre después de sufrir atroces torturas físicas y psicológicas.
En el pueblo de Fernancaballero, Ciudad Real, el 15 de Octubre de 1935, nacía Vicente y tres horas después Santiaga, su madre, entregó su propia vida al Señor.
Nadie pudo imaginar entonces que 47 años después, Vicente entregaría la suya para dar vida a su pueblo de Chancay.
Vicente, al cumplir los 19 años, con el oficio de carpintero- ebanista bien aprendido, escucha en su corazón la voz del Señor, que le invita a seguir el camino de su hermano Emiliano, a quien ya sólo le faltaba un año para ordenarse de sacerdote. Y un 30 de Septiembre de 1954, deja pueblo, familia y su trabajo de carpintería e ingresa en el seminario de Ciudad Real.

Pronto comprendió que la vocación sacerdotal es servicio y entrega a la Iglesia universal. En Octubre de 1962 ingresa en el seminario IEME en Burgos para terminar sus estudios eclesiásticos y prepararse para la misión ad gentes.
Ordenado sacerdote el 21 de Julio de 1967, en Octubre de este mismo año se embarcó hacia Colombia junto a otros compañeros.
Mons. Eloy Tato, Obispo de la Diócesis de Magangué, le destina a Morales, zona ubicada en el medio Magdalena, en plena selva colombiana y convulsionada por la presencia de la guerrilla, el narcotráfico y el ejército. Una gran extensión con más de treinta pueblos y caseríos, donde las comunicaciones sólo podían hacerse por el río y por caminos y trochas a pie o en caballería; observó la gran postergación de la gente, sobre todo de la juventud y la deficiencia de la educación, por lo que desde el primer momento la juventud y la educación ocuparon un lugar preferencial en su labor pastoral. Comenzó los tramites para la adquisición de un terreno y creó un Colegio Cooperativo Agropecuario, que en la actualidad lleva su nombre.
De su estancia en Morales recordamos esta anécdota: Un señor se le acercó para consultarle que, dado que había muchos funcionarios públicos solteros, como profesores, policías, empleados de la caja agraria…, para que no molestasen a las jóvenes del pueblo, había pensado poner un prostíbulo, y ¿qué le parecía a él?. Vicente, con aquella fina ironía que le caracterizaba, lo mira de arriba a bajo y le dice: “sabes que me parece buena la idea, pero pon al frente del mismo a tu mamá y tus hermanas”. Agachó la cabeza y se dio media vuelta.
En Febrero de 1973, sale para España, adelantando entonces sus merecidas vacaciones. Aprovechó este tiempo para descansar, visitar familiares y amigos y hacer un curso de antropología.
El 18 de Octubre de 1974, festividad del Señor de los Milagros, gran fiesta de fervor religioso a nivel nacional, Vicente pisaba por primera vez suelo peruano, con el entusiasmo y ardor misionero que lo hiciera a su llegada a Colombia, pero esta vez con el corazón dolorido, ya que dejaba a su padre en estado muy grave, tanto que 20 días después recibiría la dolorosa noticia de su fallecimiento.
En la Diócesis de Huacho fue destinado como párroco a la ciudad de Chancay, situada junto al Pacífico a 78 kilómetros al norte de Lima.
Se preocupó por la salud de los enfermos, creando botiquines parroquiales, promotores de salud para la sierra, para poder atender a los más pobres. Un consultorio jurídico para la atención y defensa de los más pobres. Apoyó los comedores populares, los Centros de Madres, con charlas de formación humana, cristiana y aprendizaje de trabajos manuales, por citar sólo algunas obras de carácter social.
Contemplaba en los rostros golpeados por el dolor, la desnutrición y la enfermedad, de niños y ancianos, madres maltratadas y abandonadas a su suerte, jóvenes sin futuro, campesinos del valle y la sierra, el rostro de Cristo, que le llamaba a servirlo en ellos.
Le gustaba sentarse a la mesa con los niños, con los más marginados. Era de buen comer, aceptando con gusto cuanto le servían. Solía siempre amenizar las comidas y romper momentos de tensión en las reuniones con algún chiste oportuno, para lo que tenía un don especial.
Su empeño a favor de los más pobres, su lucha por la defensa de la dignidad de cualquier persona, su intransigencia con la injusticia, la mentira y la hipocresía le ocasionaron criticas y amenazas.
Públicamente en la plaza de armas de Chancay se dijo contra él: “vivo o muerto hay que sacarlo de la ciudad”. Se le tildó de ser un rocanrolero, fue acusado de ser un cura extranjero que quería cambiar la religión, las costumbres y las tradiciones del pueblo peruano.
A pesar de las muchas amenazas y calumnias, Vicente nunca se amedrentó, pero le cogieron a traición, mientras participaba de la alegría y la confraternidad en la fiesta de San Antonio en el pueblito de Lampián, en la sierra de Huaral. Mientras el pueblo se divertía, Vicente era atrozmente torturado antes del amanecer del día 14 de Junio y llevado al anochecer a la morgue de Chancay, donde fue cruelmente asesinado con un golpe en la cabeza como se desprende de un informe extraoficial dado por el equipo de profesores de la Escuela de medicina legal de Madrid: “No ha muerto en el lugar. Se sospecha que le han “dado” y se han “pasado”. Juicio: no accidente. Parece que estuvo sujeto, que le golpearon y “se pasaron” .
Como leemos en el número 98 de Aparecida, creemos que Vicente está entre “ quienes sin haber sido canonizados, han vivido con radicalidad el Evangelio y han ofrecido su vida por Cristo, por la Iglesia y por su pueblo”.
Vicente fue sembrando con sus enseñanzas y el testimonio de su vida, la semilla del Reino:
Una joven estudiante se expresaba así: “Con sus enseñanzas cambié, pude abrir los ojos a nuestra realidad, y ahora me siento responsable, comprometida como él lo fue con su pueblo, nuestro pueblo.” Y aquella otra trabajadora: “ El P. Vicente significó TODO: un padre, un amigo. Me enseñó a no pensar en cosas grandes, sino a servir a mi pueblo, a Dios, a amar”.
“Vicente influyó mucho en mi vida, me ayudó a descubrir la verdadera fe cristiana, a hacer cada vez más fuerte mi compromiso, porque la herencia que me ha dejado es la de luchar por nuestros hermanos más necesitados, y estar siempre al servicio de ellos y siempre lo voy a cumplir”, así se expresaba una joven universitaria.
El cambio de mentalidad de aquellos/as jóvenes estudiantes, madres de familia, campesinos, trabajadoras del hogar etc….era motivo de gran gozo, satisfacción y acción de gracias a Dios, para Vicente.
Que la sangre de estos hijos e hijas predilectos, “Orgullo y Sacramento de santidad” de la Iglesia, esparcida a lo largo y ancho de todo el Continente latinoamericano, sea cuestionamiento y fuerza a su vez, para que los pastores y el pueblo cristiano de hoy, seamos fieles discípulos y misioneros de Jesucristo, y semilla de una Iglesia cercana al pueblo y pobre al lado de los pobres.
Carlos Pinedo Olmedilla, Desde Perú