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29 jun. 2012

EL MISIONERO: LUGAR DE ENCUENTRO


Interesante artículo de Antena Misionera


A veces estamos tan ocupados en conseguir nuestros objetivos que podemos olvidarnos de las cosas importantes que necesitamos para alcanzarlos. Nos puede pasar lo que a aquel leñador:

Erase una vez un leñador muy robusto que fue a pedir trabajo a un maderero y éste lo contrató. El sueldo y las condiciones del trabajo eran muy buenas. Así que nuestro leñador, agradecido, se propuso trabajar duro.

El jefe le dio un hacha y le mostró la zona donde tenía que trabajar.

El primer día el leñador cortó 18 árboles.

“Le felicito”, le dijo el jefe. “Siga así”.
Muy motivado por las palabras del jefe, el leñador trabajó más duro al día siguiente, pero sólo pudo cortar 15 árboles. El tercer día se esforzó aún más, pero sólo consiguió 10. Día tras día a pesar de su gran esfuerzo conseguía cortar menos árboles.

“Debo estar perdiendo fuerza”, pensó el leñador. Fue al jefe y le pidió disculpas y le dijo que no entendía lo que le pasaba.

“¿Cuándo fue la última vez que afiló el hacha?”, le preguntó el jefe.

“¿Afilar? No tuve tiempo de afilar el hacha. He estado muy ocupado intentando cortar árboles”.
Ocupados por lo urgente podemos perder de vista lo importante. Absorbidos por lo que es rentable podemos olvidarnos de “afilar el hacha”.

Eso también puede ocurrir en la tarea evangelizadora, donde el valor más importante lo tienen las personas.

Buscadores de la felicidad
De alguna manera todos somos buscadores de la felicidad y eso es bueno. El problema es qué caminos elegimos para alcanzar la felicidad.


La sociedad nos dice que para ser felices debemos producir más y consumir más. Para logarlo debemos ser cada día más competitivos. Es una visión donde la felicidad se identifica con el tener: tener riqueza, tener poder… Y lógicamente para tener más, otros han de tener menos. Por eso la necesidad de la competencia, de la competitividad que lleva al enfrenamiento de las personas y de los grupos humanos.

Esta forma de ver las cosas parte de la idea de que no podemos ser felices todos. Yo puedo ser feliz a costa de condenar a la infelicidad a otros. Se nos empuja a competir, pero no partimos todos con las mismas posibilidades. Los más débiles están condenados a perder. Cuando hay una crisis, por ejemplo económica, los que pagan los platos rotos son los últimos, los más débiles, los que menos tienen aunque ellos no tengan nada que ver en las causas que generaron la crisis.

La visión evangélica
En contraposición con esa visión de la sociedad está la postura de Jesús de Nazaret tal como la presenta el evangelio.

Jesús proclamó que son felices no quienes más tienen, sino aquellos que son capaces de empobrecerse para compartir sus bienes con los últimos, son felices quienes son capaces de acercarse con misericordia y solidaridad a los más débiles, quienes son capaces de llorar junto a los que más sufren, los que renuncian a la violencia, los que trabajan por la paz y la justicia… (Ver Mateo, 5,1-12).

Jesús rechaza una felicidad basada en la competencia para proponer una basada en el encuentro entre las personas, un encuentro que se transforma en servicio hacia los más necesitados: “La esplendidez da valor a la persona. Si eres desprendido, toda tu persona vale; en cambio, si eres tacaño, toda tu persona es miserable. Y si por valer tienes solo miseria, ¡qué miseria tan grande!” (Mateo 6, 22-23).

La misión evangelizadora
La tarea de todo evangelizador es desvelar a las personas el camino de la solidaridad como el auténtico camino de la felicidad, el que da verdadero valor a cada uno y a todos.
El misionero va a las fronteras (geográficas, culturales, religiosas, económicas…) para ser lugar de encuentro solidario manifestando, no solo con palabras, sino también con su propia vida que la felicidad propuesta por Jesús es capaz de dar sentido y valor a nuestra existencia. Todo un desafío.