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4 jul. 2012

"NO ES EL EVANGELIO EL QUE CAMBIA, SOMOS NOSOTROS QUE COMENZAMOS A ENTENDERLO MEJOR".


Glafira Jiménez Paris. 
Perú. 

"Ha llegado el momento de reconocer los signos de los tiempos y de aprovechar las oportunidades para mirar lejos". (Juan XXIII) 

Queridos amigos-as:
Saludos desde Lima, en el hemisferio sur, comenzando el invierno a un ritmo acelerado de trabajo para sacar adelante los deseos y los proyectos del 2012.  Se está poniendo cuesta arriba. 

Para quienes no me conocen o no lo recuerdan, soy Glafira, natural de Campo de Criptana, Ciudad Real. Desde el 2002 trabajo en el Instituto Bartolomé de las Casas-Lima. Una organización, a nivel nacional, que acompaña procesos de formación de los agentes pastorales -laicos-as, religiosas-os, sacerdotes - que acompañan experiencias de fe en sus comunidades, parroquias y/o movimientos. Juntos y juntas construimos y compartimos espacios para una lectura crítica de la realidad a la luz de la Palabra de Dios, desde la dimensión social de la fe, en perspectiva de opción preferencial por los pobres.

Como dice un compañero de trabajo, a nosotros, la realidad nos pone la agenda, nos marca el temario, los temas de conversación y reflexión, nuestro compromiso personal.Y este comentario me recuerda a otro, parecido, dicho por Juan XXIII a las puertas del Concilio Vaticano II, el acontecimiento eclesial más importante del siglo XX, del que celebramos el 50 aniversario y del que todavía no hemos sacado todas las consecuencias. En su diario se recoge: No es el evangelio el que cambia, somos nosotros que comenzamos a comprenderlo mejor. Ha llegado el momento de reconocer los signos de los tiempos y de aprovechar las oportunidades para mirar lejos”.

En esta oportunidad les comparto un “ejemplo práctico” de actualización de la Palabra de Dios, de reconocimiento de los signos que están desafiando nuestro anuncio y nuestras prácticas, de mirar más lejos del presente para abrir caminos a la vida. En este ejemplo los protagonistas son los agentes pastorales con quienes tengo la oportunidad de renovar y reforzar mi seguimiento a Jesús. Oportunidad por la que doy gracias a Dios. Su testimonio de vida me anima porque si muchos son los desafíos, mucha es también su calidad personal y su compromiso evangélico.


Quienes sigan esta publicación, recordarán que ya en 2008, con motivo de los trágicos sucesos del “Baguazo”, se levantaron voces exigiendo reformas en la política de concesiones mineras. Por ejemplo, se ha conseguido la promulgación de una Ley que garantice la consulta a las poblaciones afectadas y un diálogo transparente para un desarrollo sostenible. Un gran avance pero insuficiente. Cuatro años después el Perú está inmerso en una “oleada” de conflictos, en distintas zonas, con un mismo denominador: poblaciones enteras no son tratadas con respeto por las autoridades. La Defensoría del Pueblo, en su reporte de abril, da cuenta de 173 conflictos activos y 72 conflictos latentes en el país. De los cuales, solo 71 están siendo tratados mediante procesos de diálogo.

Como hace cuatro años, la mayoría de los conflictos están relacionados con las concesiones territoriales que el Estado otorga a empresas que realizan actividades extractivas (mineras y petroleras), sin previa consulta a las comunidades y sin previo estudio de impacto ambiental. En la actualidad se registran más de 111 acciones colectivas de protesta, que no en pocas ocasiones terminan en enfrentamientos de la población con las llamadas fuerzas del orden. Cajamarca y Espinar son los dos últimos ejemplos.
En cada lugar, los agentes pastorales se encuentran ante el desafío de anunciar la Buena Noticia en medio de esa realidad. También pueden optar por mirar hacia otro lado pero no lo hacen; podrían justificarse alegando responsabilidades familiares, economía precaria, la urgencia de subsistir, pero no lo hacen. Están. Y permanecen. Y se apoyan, se sostienen porque se creen, viven y hacen suyas  las palabras de Jesús: He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia (Jn 10, 10); porque asumen con madurez e iniciativa su ser agentes de pastoral, en comunión con el magisterio. Los obispos del continente denunciaron, proféticamente, en 2007 que “La riqueza natural de América Latina experimenta hoy una  explotación irracional que va dejando una estela de dilapidación, e incluso de muerte, por toda nuestra región. En todo ese proceso tiene una enorme responsabilidad el actual modelo económico que privilegia el desmedido afán por la riqueza, por encima de la vida de las personas y los pueblos y del respeto racional de la naturaleza” (Aparecida, 473). También nos ofrecieron algunas líneas de acción (Aparecida 474c): buscar un modelo de desarrollo alternativo, integral y solidario, que supere la lógica utilitarista e individualista y alentar a nuestros campesinos a que se organicen de tal manera que puedan lograr su justo reclamo”.

Varones y mujeres hablan de la fe que profesan con sus vidas y, como María, responden al llamado de Dios, haciendo de su vida cotidiana un canto de alabanza, justicia y liberación (Lc 1, 46-56). Su testimonio me desafía a preguntarme ¿de qué habla mi vida?.  

Les mando un cariñoso saludo desde estas acogedoras y desafiantes tierras.