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28 jun. 2013

DE VUELTA A CASA.

Jesús Alvarez Alcaide. 
Hace 16 años salí de la diócesis de Ciudad Real para trabajar en la misión ad gentes. Después de un año de preparación misionera, fui destinado a trabajar en República Dominicana. Durante 8 años trabajé en diferentes comunidades cristianas de la zona fronteriza con Haití. Después de dos años de estudios en Madrid, fui elegido en el 2008 para coordinar durante cinco años el Departamento de Formación del IEME (Instituto Español de Misiones Extranjeras); tarea que finalizo este curso.
            Han sido 16 años llenos de experiencias y tareas que me han ayudado a crecer como persona y como sacerdote: encuentro e inserción en una cultura distinta a la mía, acompañar comunidades cristianas que estaban naciendo, ayudar a la formación de futuros/as misioneros/as, acompañar a los laicos de OCASHA (Institución misionera laical), dirigir la revista “Misiones Extranjeras”,… y otras muchas que no es preciso detallar.
            Durante estos años siempre he hecho el esfuerzo de no desvincularme de la diócesis que me enviaba a la misión, pues he tenido, y tengo, claro que no soy un misionero “francotirador” sino que mi vida y mi trabajo son extensión del dinamismo y vivencia misionera de la diócesis de Ciudad Real. A veces, en plan de broma, los sacerdotes de estábamos en República Dominicana decíamos que “éramos un arciprestazgo de Ciudad Real en el extranjero”. Por eso, he hecho gratamente el esfuerzo de mantenerme siempre en contacto y comunicación con el Obispo, el Delegado de Misiones, compañeros sacerdotes, amigos y personas interesadas en el mundo misionero…a través de cartas, visitas, testimonios, etc…
            Pasados estos 16 años, y después de un tiempo de discernimiento y reflexión, por diversas circunstancias he decido reintegrarme de nuevo a trabajar en la diócesis.
No ha sido una decisión fácil, pues el “gusanillo” misionero siempre se mueve, pero creo que mi lugar por ahora ha de ser la reinserción en la diócesis. Y aunque la nostalgia de la misión me sigue acompañando, sí he de decir que me encuentro actualmente muy ilusionado en esta nueva etapa de mi vida. Aparecen inquietudes y sentimientos similares a cuando hace 25 años me ordené de sacerdote y esperaba ilusionado mi primer  destino de trabajo.
            Soy consciente de que las cosas no son igual a cuando, hace 16 años, decidí marchar a la misión. Muchas cosas han cambiado en la diócesis, otras van a ser totalmente novedosas para mí. Son muchos los retos y desafíos que se me van a presentar después de estos años de ausencia. Pero nada de ello aminora mi ilusión. Todo lo contrario; considero que va a ser un “volver a empezar”: volver a aprender, dedicar tiempo a ver y a escuchar,…Tiempo de conocer humildemente la nueva realidad y de adentrarme en ella progresivamente.
            Me ilusiona especialmente el poder ser fermento y dinamismo misionero allí donde me encuentre. Quiero que mi experiencia misionera pueda servir para no perder en nuestras tareas pastorales la dimensión universal de la Iglesia. Desde el primer momento me ofrezco para colaborar con todas las iniciativas misioneras que se puedan llevar a cabo en la diócesis y quiero ser testimonio para el resto de sacerdotes diocesanos de que todos estamos llamados a servir a la Iglesia universal, y que el ser misionero diocesano es una vocación que no podemos de dejar de potenciar en nuestros planes pastorales.

            Gracias todos por vuestra acogida y por facilitarme “la vuelta a casa”.