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14 jun. 2013

RETRATO DEL P. ANTONIO PÍO A SUS NOVENTA AÑOS.

           Por Fermín Rodriguez Campoamor SJ
El P.ANTONIO PIO BRIONES GARCIA DE MATEOS S.J. nació en La Solana (Ciudad Real) el 5 de Mayo de 1923, hace justamente 90 años. Esta carta quiere servir en su  cumpleaños de  modesto reconocimiento y homenaje a toda su larga vida de misionero.
Hace no muchos días visité al Padre Briones en la habitación de su residencia que lo acoge aquí en Lima y conversé ampliamente con él. Después de los primeros saludos llegamos en conversación rápidamente a La Mancha y a su personaje universal Don Quijote siempre cabalgando los campos de Montiel junto a Sancho tras algún hermoso imposible.  El P. Antonio, tan manchego y quijote, ya sólo puede cabalgar sobre una silla de ruedas conducido por otro,  desde su habitación a la capilla,  y de ésta al comedor para regresar a la primera. Así el amanecer de todos los días. Sin embargo, enjuto, erguido y esbelto sobre su  Rocinante luce todavía, como si lo llevara en la sangre, todo el aspecto caballeresco  de un veterano hidalgo  de la Mancha sin escudo ni lanza pero con una boina negra por yelmo con la que se cubre cada mañana devotamente al salir del templo  después de haber asistido, en primera fila, con total concentración, a la Santa Misa.

           A partir de ese momento, una vez cumplido como buen cristiano con el Señor, coronado ya con su boina, está dispuesto a dejarse llevar por cualquiera hasta el comedor cercano para  desayunar. No es el único que cabalga  sobre ruedas en esta residencia de piadosos ancianos y enfermos pero ninguno lo hace con más aire de quijote. Después del desayuno el P. Antonio cabalga rápidamente a su habitación como a su casa de La Solana donde le espera la Radio María como una hermana mayor que le arranca la hoja del calendario y le lee las virtudes y hazañas del quijote –o la dulcinea- espiritual de cada día.

           Después ancha es la mañana, como La Mancha, y siempre abierta a cualquier visitante que, si es nuevo y trae tiempo para conversar, no tardará en recibir una erudita disertación esotérica sobre el verdadero significado de ”La Mancha”.
           Ahora se ha resignado ya pacientemente, y de por vida, a sus dos grandes últimas limitaciones: el caminar y la vista. Así sólo se atreve a moverse dentro de su habitación buscando lentamente sus puntos de apoyo; pero fuera de ella no puede prescindir de la silla de ruedas y su acompañante. Igualmente por su ceguera hace meses que ha renunciado totalmente a leer y escribir. En sus  estanterías ya no se ve  ni un solo libro, y sobre su mesa y dentro de sus cajones, ni un solo cuaderno o impreso. Toda su papelería entra holgadamente en un antiguo pequeño maletín de cueros retorcidos que debió ser el primero que usó como estudiante de bachillerato para viajar a Ciudad Real. Dentro de él, viejas cartas familiares con alguna fotos y  estampas más varias  fotocopias de lo que él llama, con humor, su “compendio de catequesis”  donde resume los  principales temas de la catequesis que sembró incansablemente por los caseríos de Jaén y la cuenca del Marañón. Lo más destacable y actual dentro de su entrañable maletín de bachiller son varios ejemplares de dos revistas manchegas, las únicas a las que está suscrito: SUR Y SAL, de esa Delegación Diocesana de Misiones, y LA GACETA DE LA SOLANA, que al P. Antonio tanto le gustaba antes leer y, ahora, escuchar leer.

EN LA SOLANA. EL PEQUEÑO DE LA CASA.
                El  P. Antonio Pío es el menor de los nueve hijos de  DON ANTONIO BRIONES Y GONZÁLEZ BARRERA, y de DOÑA MARÍA JOSEFA GARCÍA DE MATEOS XIMÉNEZ naturales de La Solana. Él, abogado “completamente altruista” y juez municipal; ella, heredera de la finca “El Tercero” cuyos viñedos produjeron el mejor vino de la Mancha, en opinión del pequeño de la casa, pues gracias a ellos se pudieron costear sus estudios superiores eclesiásticos en Granada en la facultad de Teología de los jesuitas.

        El primogénito de aquel  feliz y cristiano matrimonio se llamó Antonio y murió a los siete meses. No volvió a nacer ningún otro varón más que en el último nacimiento al que pusieron el mismo nombre del primero fallecido; así el P.Antonio se libró de llamarse  Ambrosio –nombre del abuelo- que le correspondería si viviesen los dos hermanos. El resto de los hijos fueron siete hermanas, a saber: María Catalina, Maria del Pilar, Rosario, Petra, María Josefa, María Lourdes y María Concepción. Sólo la menor no se casó y de las seis casadas tres lo hicieron con tres hermanos. Todas  fueron mujeres muy cristianas y piadosas. El señor juez de la Solana había asumido personalmente la responsabilidad de enseñar el Padrenuestro tanto a su pequeño varón como a cada una de  sus hermanas mayores. El fruto más notable de aquella educación fue la vocación del único varón y posteriormente sus dos nietos  sacerdotes: Don Antonio Campillo Briones, capellán castrense en grado de coronel que fue párroco en la parroquia de San Isidro de Madrid y hoy vive en Albacete, y Don Vicente Morales Briones, párroco en Chile. El P. Antonio está orgulloso de ser solanero pero se siente obligado a precisar que también es madrileño porque en la capital de España ”volvió a nacer” el año 1936 a sus trece años bajo los escombros de  una casa bombardeada en pleno frente de Madrid en el barrio de Argüelles. ”Aquello fue un milagro de la Virgen, pues la bomba explotó a una cuarta”, dice extendiendo al máximo su mano derecha. Hacía poco que se habían trasladado a la capital de España con ánimo de establecerse, pero la guerra les obligó a regresar a La Solana y Antonio Pío reanudó en Ciudad Real el bachillerato iniciado en el Colegio de los Agustinos de Madrid. Al terminarlo, ingresó en el Seminario Diocesano para comenzar su carrera eclesiástica que concluiría en Granada.


EL JOVEN SACERDOTE
        Fue ordenado sacerdote por el Obispo Emeterio Echeverría Barrena el 27 de Agosto de 1948. Tenía 25 años cuando comenzó su sacerdocio y lo ejerció pastoralmente en tres parroquias  de La Mancha de cuyos nombres se recuerda con mucha viveza y  cariño. La primera,  Ruidera, famosa por sus 17 lagunas. Luego fue nombrado vicario parroquial y capellán de las Madres Mercedarias en  Miguelturra. Y finalmente pastoreó a los fieles de Albadalejo.
          Confiesa ahora que, en aquellos primeros años de su sacerdocio, alimentaba la gran ilusión de llegar a ser nombrado párroco de Argamasilla del Alba para establecerse allí por siempre; pero se encontraba totalmente ciego para poder adivinarse como un misionero manchego caminando de pueblo en pueblo con una pobre sotana a orillas del Marañón  tan lejos de Argamasilla de Alba.

EL MISIONERO JESUITA
          A pesar de la ilusión y la devoción con que vivió sus primeros años sacerdotales en sus tres primeras parroquias manchegas, algo iba creciendo en el joven Don Antonio que le exigía una mayor entrega al servicio del Señor en los más pobres y necesitados de atención sacerdotal para llevarles el evangelio y educarles en la fe cristiana. Llegó a entender que Dios le estaba pidiendo una mayor generosidad  para  abandonar su parroquia, su tierra única e incomparable y su querida familia. El fallecimiento de sus padres acrecentó su disponibilidad para asumir una vida de misionero en cualquier lugar del mundo.
          A los tres años de su ordenación,  recién  saboreado su primer sacerdocio manchego, decide hacerse misionero y entregar su vida hasta el martirio si fuese necesario entre los más pobres y necesitados donde quiera que fuese. Para mejor realizar su nueva vocación eligió, sin dudarlo, la Compañía de Jesús  que conoció en Granada en sus años de estudiante de teología.
          Su sueño se hizo rápidamente realidad: El 14 de Agosto de 1952, a los 29 años de edad ingresó en el noviciado de los jesuitas de Aranjuez donde figuran en el catálogo de aquel año  44 novicios escolares. Y al año siguiente, en 1953, antes de finalizar los dos años del noviciado, se incorporó a una expedición de 6 jesuitas destinados a la misión del Perú. La formaban 2 Padres y 4 novicios.
Etapa en Perú