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10 jun. 2016

EL MISIONERO PORTADOR DE LA ALEGRÍA DEL EVANGELIO.

D. Gerardo Melgar. Obispo de Ciudad Real.

Celebramos en este do­mingo el Día del Misio­nero Diocesano.

Han pasado más de 20 siglos desde que Jesús encomienda a la Iglesia la mi­sión de ir por el mundo y anunciar el evangelio a todos los pueblos: «Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíri­tu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado» (Mt 28, 19-20). Dicha misión, después de tanto tiempo, se encuentra en los co­mienzos, advertía Juan Pablo II
Esta sigue siendo hoy la misión de la Iglesia, una misión que hoy le exi­ge ser una Iglesia de puertas abiertas, para poder salir fuera de ella a bus­car, en las periferias existenciales, a aquellos que no conocen a Cristo, o se han olvidado de él, o han reducido su fe a una vivencia que no molesta a nadie, pero que no llama la aten­ción tampoco a nadie; una Iglesia de puertas abiertas para saber recibir a aquellos que han recibido la gracia de la conversión.
El evangelio y la vinculación a Cristo es la fuerza de donde brota la fuerza que el evangelizador necesita para vivir como discípulo de Cristo y llevar el mensaje salvador al corazón del mundo, convirtiéndose en porta­dor de la alegría del evangelio.
La vida entregada de nuestros misioneros diocesanos es una vida llena de alegría y de esperanza, por­que viven la experiencia de salir de sí mismos, venciendo la tentación del individualismo y del egoísmo, que promueve la indiferencia y les hace incapaces para compadecerse de los clamores de los demás; para dedicar su vida por entero a la vivencia y al anuncio del evangelio a quienes más pueden necesitarlo.
Todos los bautizados hemos reci­bido esta misión de llevar con valen­tía el mensaje salvador de Cristo y la luz del Evangelio a todos las perife­rias existenciales que lo necesitan; y todos y cada uno de los bautizados debemos sentirnos responsables de la evangelización de nuestro mundo y del anuncio del evangelio en todos los hombres y mujeres de todos los tiempos, y por lo mismo, nosotros de los hombres y mujeres de nuestro momento actual.
La celebración del “día del misio­nero diocesano” debe concienciarnos de que todos, por el hecho de estar bautizados, somos responsables de la evangelización del mundo, este­mos donde estemos.
Todos estamos llamados a ser misioneros donde quiera que nos encontremos. Necesitamos implicar­nos todos, estemos donde estemos y vivamos donde vivamos; los que van a tierras lejanas a dar a conocer a Cristo y su Evangelio y nosotros que vivimos en nuestra patria, en nuestra ciudad, en nuestro pueblo, en nues­tra familia.
Hoy, junto a nosotros, hay tantas personas indiferentes a todo lo que suene a Evangelio o a Jesús; personas que no conocen a Cristo, porque nadie les ha hablado de Él, ni con la palabra ni con el testimonio; per­sonas que creyeron porque así se lo enseñaron sus padres y hoy no creen porque se han dejado dominar por la llamada de un mundo fácil y de pla­ceres pasajeros.
Todos ellos están cerca de noso­tros y necesitan de alguien que les anuncie a Jesucristo: en nuestras pro­pias familias, en nuestros pueblos y ciudades, en los ambientes en los que nos movemos cada día.
Este anuncio pide de nosotros, como seguidores de Jesús, una vida realmente coherente con nuestra identidad de seguidores y discípulos suyos, que con nuestra palabra, pero sobre todo con nuestro testimonio coherente, seamos valientes testigos y portadores de Cristo y su mensaje al corazón de nuestro mundo.
Tengamos nuestra vida de cada día bien enraizada en Cristo, el evan­gelizador por excelencia, para que a ejemplo de María seamos portadores de su persona y su mensaje, como lo fue ella, y también como ella, poda­mos experimentar la alegría y el gozo en nosotros de ser testigos y porta­dores de Cristo y su mensaje para los demás.


+ Gerardo