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18 may. 2012

CRISIS DE SOLIDARIDAD

                                                          Revista Misioneros 
La crisis económica que estamos viviendo debería ser una ocasión para reflexionar sobre lo que hemos hecho mal hasta llegar a donde hemos llegado, corregir los errores y aprender de los fallos. Pero parece que las medidas que “dictan los mercados”, el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, los grandes dirigentes... miran a sanear las grandes cifras macroeconómicas, a costa de cargarse el tejido social de las naciones. Lo han vivido los países de América Latina con la crisis de la deuda externa, mil veces pagada, y lo han sufrido la mayoría de las naciones de África. Ahora, la receta se la tiene que aplicar a sí misma la vieja Europa. Y los recortes nos hacen ver más cerca que en otras ocasiones dramáticos casos de desesperación: desahucios inhumanos, padres que avalaron a sus hijos y lo han perdido todo, familias en paro...
Así las cosas, las situaciones de crisis, que tendrían que sacar lo mejor de nosotros mismos –y hay casos en esta dirección–, pueden e incluso suelen producir efectos en sentido contrario. Es lo que ha ocurrido con las ayudas al desarrollo. Una circunstancia que ha denunciado recientemente el arzobispo de Tegucigalpa y presidente de Cáritas Internacional, cardenal Óscar Andrés Rodríguez Maradiaga, quien ha señalado que muchos Gobiernos del mundo han suprimido sus ayudas a los pobres, cuando tendría que ser “la única cosa que no se debería tocar”.
No es un decir. Las cifras de la ayuda pública al desarrollo difundidas el pasado 4 de abril por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) han reflejado, por primera vez desde hace quince años, una clara tendencia a la baja. Los países industrializados miembros de esta organización han consagrado un poco menos del 0,32% de su Producto Interior Bruto (PIB) a contribuir al desarrollo de los países empobrecidos. ¿Dónde queda el famoso compromiso adquirido ante Naciones Unidas de destinar el 0,7% del PIB a este objetivo?
Especialmente llamativos han sido los recortes en países como Canadá y España. En el caso español, el Consejo de Ministros aprobó el 30 de marzo los Presupuestos Generales del Estado para el año 2012, en los que se reduce la asignación anual al Ministerio de Exteriores y Cooperación un 54,4%, lo que supone una disminución en la Ayuda Oficial al Desarrollo del 47,6%, llegándose a situar en niveles de 2005. Es en estos momentos, cuando se pierde la solidaridad con quien más lo necesita, cuando la Iglesia –y los misioneros son un destacado ejemplo– ha de mantenerse firme en el ejercicio de la caridad y seguir adelante, con mayor fuerza si cabe, en su compromiso con la opción evangélica por la justicia, que es ponerse al servicio de los más pobres y excluidos de nuestro planeta, volcándose en los que padecen hambre, enfermedad y viven muriendo para subsistir.
Como en alguna ocasión ha señalado el papa Benedicto XVI, necesitamos una “solidaridad global más grande” para combatir tanto la pobreza material, como el subdesarrollo moral que padece el mundo. Por su parte, el cardenal Rodríguez Maradiaga ha afirmado: “No nos hemos preocupado suficientemente de la evangelización de lo político y de los políticos, de lo económico y de los economistas”. Y es que el Evangelio no parece haber llegado lo suficiente a los mercados.